El extranjero
El extranjero Me enjugué el sudor que me cubría el rostro y recobré un poco la conciencia del lugar y de mí mismo sólo cuando oí llamar al director del asilo. Le preguntaron si mamá se quejaba de mí y dijo que sí, pero que sus pensionistas tenían un poco la manía de quejarse de los parientes. El Presidente le hizo precisar si ella me reprochaba el haberla metido en el asilo, y el director dijo otra vez que sí. Pero esta vez no agregó nada. A otra pregunta contestó que había quedado sorprendido de mi calma el día del entierro. Le preguntaron qué entendía por calma. El director miró entonces la punta de sus zapatos y dijo que yo no había querido ver a mamá, que no había llorado ni una sola vez y que después del entierro había partido en seguida, sin recogerme ante su tumba. Otra cosa le había sorprendido: un empleado de pompas fúnebres le había dicho que yo no sabía la edad de mamá. Hubo un momento de silencio, y el Presidente le preguntó si estaba seguro que era de mí de quien había hablado. Como el director no comprendía la pregunta, le dijo: «Así lo dispone la ley.» Luego el Presidente preguntó al Abogado General si quería interrogar al testigo, y el Procurador gritó: «¡Oh, no, es suficiente!» con tal ostentación y tal mirada triunfante hacia mi lado que por primera vez desde hacía muchos años tuve un estúpido deseo de llorar porque sentí cuánto me detestaba toda esa gente.