El extranjero
El extranjero Volvió a sentarse. Pero el abogado, al tope de la paciencia, gritó levantando los brazos de manera que las mangas al caer descubrieron los pliegues de la camisa almidonada. «En fin, ¿se le acusa de haber enterrado a su madre o de haber matado a un hombre?» El público rió. El Procurador se reincorporó una vez más, se envolvió en la toga y declaró que era necesario tener la ingenuidad del honorable defensor para no advertir que entre estos dos órdenes de hechos existía una relación profunda, patética, esencial. «Sí», gritó con fuerza, «yo acuso a este hombre de haber enterrado a su madre con corazón de criminal». Esta declaración pareció tener considerable efecto sobre el público. El abogado se encogió de hombros y enjugó el sudor que le cubría la frente. Pero él mismo parecía vencido y comprendí que las cosas no iban bien para mí.