El extranjero
El extranjero Luego llegó el turno a Raimundo, que era el último testigo. Me hizo una ligera señal y dijo al instante que yo era inocente. Pero el Presidente declaró que no se le pedían apreciaciones, sino hechos. Le invitó a esperar las preguntas para responder. Le hicieron precisar sus relaciones con la víctima. Raimundo aprovechó para decir que era a él a quien este último odiaba desde que había abofeteado a su hermana. Sin embargo, el Presidente le preguntó si la víctima no tenía algún motivo para odiarme. Raimundo dijo que mi presencia en la playa era fruto de la casualidad. Entonces el Procurador le preguntó cómo era que la carta origen del drama había sido escrita por mí. Raimundo respondió que era una casualidad. El Procurador redarguyó que la casualidad tenía ya muchas fechorías sobre su conciencia en este asunto. Quiso saber si era por casualidad que yo no había intervenido cuando Raimundo abofeteó a su amante; por casualidad que yo había servido de testigo en la comisaría; por casualidad aún que mis declaraciones con motivo de ese testimonio habían resultado de pura complacencia. Para concluir, preguntó a Raimundo cuáles eran sus medios de vida, y como el último respondiera: «guardalmacén», el Abogado General declaró a los jurados que el testigo ejercía notoriamente el oficio de proxeneta. Yo era su cómplice y su amigo. Se trataba de un drama crapuloso de la más baja especie, agravado por el hecho de tener delante a un monstruo moral. Raimundo quiso defenderse y el abogado protestó, pero se le dijo que debía dejar terminar al Procurador. Este dijo: «Tengo poco que agregar. ¿Era amigo suyo?», preguntó a Raimundo. «Sí», dijo éste, «era mi camarada». El Abogado General me formuló entonces la misma pregunta y yo miré a Raimundo, que no apartó la vista. Respondí: «Sí.» El Procurador se volvió hacia el Jurado y declaró: «El mismo hombre que al día siguiente al de la muerte de su madre se entregaba al desenfreno más vergonzoso mató por razones fútiles y para liquidar un incalificable asunto de costumbres inmorales.»