El extranjero
El extranjero Afuera declinaba el día y el calor era menos intenso. Por ciertos ruidos de la calle, que oía, adivinaba la suavidad de la tarde. Estábamos todos allí esperando. Y lo que esperábamos juntos en realidad sólo me concernía a mí. Volví a mirar a la sala. Todo estaba como en el primer día. Encontré la mirada del periodista de la chaqueta gris y de la mujer autómata. Lo que me hizo pensar que durante todo el proceso no había buscado a María con la mirada. No la había olvidado, pero tenía demasiado que hacer. La vi entre Celeste y Raimundo. Me hizo un pequeño ademán como si dijera: «¡Por fin!», y vi sonreír su rostro un poco ansioso. Pero sentía cerrado el corazón y ni siquiera pude responder a su sonrisa.