El extranjero
El extranjero Al final, sólo recuerdo que desde la calle y a través de las salas y de los estrados, mientras el abogado seguía hablando, oí sonar la corneta de un vendedor de helados. Fui asaltado por los recuerdos de una vida que ya no me pertenecía más, pero en la que había encontrado las más pobres y las más firmes de mis alegrías: los olores de verano, el barrio que amaba, un cierto cielo de la tarde, la risa y los vestidos de María. Me subió entonces a la garganta toda la inutilidad de lo que estaba haciendo en ese lugar, y no tuve sino una urgencia: que terminaran cuanto antes para volver a la celda a dormir. Apenas oí gritar al abogado, para concluir, que los jurados no querrían enviar a la muerte a un trabajador honrado, perdido por un minuto de extravío, y aducir las circunstancias atenuantes de un crimen cuyo castigo más seguro era el remordimiento eterno que arrastraba ya. El Tribunal suspendió la audiencia y el abogado volvió a sentarse con aspecto agotado. Pero sus colegas se acercaron a él para estrecharle la mano. Oí decir: «¡Magnífico, querido amigo!» Uno de ellos hasta pidió mi aprobación: «¿No es cierto?», me dijo. Asentí, pero el cumplido no era sincero porque yo estaba demasiado cansado.