El extranjero
El extranjero En un momento asà me negué una vez más a recibir al capellán. Estaba acostado y por cierta rubia claridad del cielo adivinaba la proximidad de la tarde de verano. Acababa de rechazar la apelación y podÃa sentir las olas de sangre circular regularmente dentro de mÃ. No tenÃa necesidad de ver al capellán. Por primera vez después de mucho tiempo pensé en MarÃa. HacÃa muchos dÃas que no me escribÃa. Esa tarde reflexioné y me dije que quizá se habrÃa cansado de ser la amante de un condenado a muerte. También se me ocurrió la idea de que quizá estuviese enferma o muerta. Estaba dentro del orden de las cosas. ¿Cómo habrÃa podido saberlo yo puesto que fuera de nuestros cuerpos, ahora separados, nada nos ligaba ni nos recordaba el uno al otro? Por otra parte, a partir de ese momento, el recuerdo de MarÃa me hubiera sido indiferente. Muerta, no me interesaba más. Me parecÃa cosa normal, tal como comprendÃa que la gente me olvidara después de mi muerte. No tenÃa nada más que hacer conmigo. Ni siquiera podÃa decir que fuera duro pensar asÃ. En el fondo no existe idea a la que uno no concluya por acostumbrarse.