El extranjero
El extranjero Me explicó entonces que por eso necesitaba consejo. Se interrumpió para arreglar la mecha de la lámpara que carbonizaba. Yo continuaba escuchándole. HabÃa bebido casi un litro de vino y me ardÃan las sienes. Como no me quedaban más cigarrillos fumaba los de Raimundo. Los últimos tranvÃas pasaban y llevaban consigo los ruidos ahora lejanos del barrio. Raimundo continuó. Le fastidiaba «sentir todavÃa deseos de hacer el coito con ella.» Pero querÃa castigarla. Primero habÃa pensado llevarla a un hotel y llamar a los «costumbres» para provocar un escándalo y hacerla fichar como prostituta. Luego se habÃa dirigido a los amigos que tenÃa en el ambiente. Pero no se les habÃa ocurrido nada. Y para eso no valÃa la pena ser del ambiente, como me lo hacÃa notar Raimundo. Se lo habÃa dicho, y ellos entonces le propusieron «marcarla.» Pero no era eso lo que él querÃa. Iba a reflexionar. Pero antes deseaba preguntarme algo. Por otra parte, antes de preguntármelo, querÃa saber qué opinaba de la historia. Respondà que no opinaba nada, pero que era interesante. Me preguntó si creÃa que le habÃa engañado, y a mà me parecÃa, por cierto, que le habÃa engañado. Me preguntó si encontraba que se la debÃa castigar y qué harÃa yo en su lugar. Le dije que era difÃcil saber, pero comprendà que quisiera castigarla. Bebà todavÃa un poco de vino. Encendió un cigarrillo y me descubrió su idea. QuerÃa escribirle una carta «con patadas y al mismo tiempo cosas para hacerla arrepentir.» Después, cuando regresara, se acostarÃa con ella, y «justo en el momento de acabar» le escupirÃa en la cara y la echarÃa a la calle. Me pareció que, en efecto, de ese modo quedarÃa castigada. Pero Raimundo me dijo que no se sentÃa capaz de escribir la carta adecuada y que habÃa pensado en mà para redactarla. Como no dijera nada, me preguntó si me molestarÃa hacerlo en seguida y respondà que no.