El extranjero
El extranjero «Tenía mal carácter», me dijo Salamano. «De vez en cuando nos tomábamos del pico. Pero a pesar de todo era un buen perro.» Dije que era de buena raza y Salamano se mostró satisfecho. «Y eso», agregó, «que usted no lo conoció antes de la enfermedad. El pelo era lo mejor que tenía.» Todas las tardes y todas las mañanas, desde que el perro tuvo aquella enfermedad de la piel, Salamano le ponía una pomada. Pero según él su verdadera enfermedad era la vejez, y la vejez no se cura.