El extranjero
El extranjero Bostecé y el viejo me anunció que iba a marcharse. Le dije que podía quedarse y que lamentaba lo que había sucedido al perro. Me lo agradeció. Me dijo que mamá quería mucho al perro. Al referirse a ella la llamaba «su pobre madre». Suponía que debía de sentirme muy desgraciado desde que mamá murió, pero no respondí nada. Me dijo entonces, muy rápidamente y con aire molesto, que sabía que en el barrio me habían juzgado mal porque había puesto a mi madre en el asilo, pero él me conocía y sabía que quería mucho a mamá. Respondí, aún no sé por qué, que hasta ese instante ignoraba que se me juzgase mal a este respecto, pero que el asilo me había parecido una cosa natural desde que no tenía bastante dinero para cuidar a mamá. «Por otra parte», agregué, «hacía mucho tiempo que no tenía nada que decirme y que se aburría sola.» «Sí», me dijo, «y en el asilo por lo menos se hacen compañeros». Luego se disculpó. Quería dormir. Su vida había cambiado ahora y no sabía exactamente qué iba a hacer. Por primera vez desde que le conocía, me tendió la mano con gesto furtivo y sentí las escamas de su piel. Sonrió levemente y antes de partir me dijo: «Espero que los perros no ladren esta noche. Siempre me parece que es el mío.»