El extranjero
El extranjero Hicimos la plancha mar adentro, y sobre mi rostro, vuelto hacia el cielo, el sol secaba los últimos velos de agua que me corrían hacia la boca. Vimos que Masson regresaba a la playa para tenderse al sol. De lejos parecía enorme. María quiso que nadáramos juntos. Me puse detrás para tomarla por la cintura. Ella avanzaba a brazadas y yo la ayudaba agitando los pies. El leve ruido del agua removida nos siguió durante la mañana hasta que me sentí fatigado. Entonces dejé a María y volví nadando regularmente y respirando con fuerza. En la playa me tendí boca abajo junto a Masson y apoyé la cara en la arena. Le dije: «¡qué agradable!», y él pensaba lo mismo. Poco después vino María. Me volví para verla llegar. Estaba completamente viscosa con el agua salada, y sujetaba los cabellos hacia atrás. Se tendió lado a lado conmigo y los dos calores de su cuerpo y del sol me adormecieron un poco.
María me sacudió y me dijo que Masson había regresado a la casa. Teníamos que almorzar. Me levanté en seguida porque tenía hambre, pero María me dijo que no la había besado desde la mañana. Era cierto y sin embargo habría querido hacerlo. «Ven al agua», me dijo. Corrimos para lanzarnos sobre las primeras olas. Dimos algunas brazadas y ella se pegó contra mí. Sentí sus piernas en torno de las mías y la deseé.