El extranjero

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Cuando volvimos, Masson ya nos estaba llamando. Dije que tenía mucha hambre y Masson afirmó en seguida que yo le gustaba. El pan estaba sabroso. Devoré mi parte de pescado. Después había carne y papas fritas. Todos comimos sin hablar. Masson bebía mucho vino y me servía sin descanso. Cuando llegó el café tenía la cabeza un poco pesada, y luego fumé mucho. Masson, Raimundo y yo habíamos proyectado pasar juntos el mes de agosto en la playa, con gastos comunes. María nos dijo de golpe: «¿Saben qué hora es? Son las once y media.» Quedamos todos asombrados, pero Masson dijo que habíamos comido muy temprano y que era lógico, porque la hora del almuerzo es la hora en que se tiene hambre. No sé por qué aquello hizo reír a María. Creo que había bebido un poco de más. Masson me preguntó entonces si quería pasear con él por la playa. «Mi mujer siempre duerme la siesta después de almorzar. A mí no me gusta hacerlo. Tengo que caminar. Siempre le digo que es mejor para la salud. Pero, después de todo, tiene derecho a hacerlo.» María declaró que se quedaría para ayudar a la señora de Masson a lavar la vajilla. La pequeña parisiense dijo que para eso era necesario echar a los hombres. Bajamos los tres.





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