El extranjero
El extranjero PersistÃa el mismo resplandor rojo. Sobre la arena el mar jadeaba con la respiración rápida y ahogada de las olas pequeñas. Caminaba lentamente hacia las rocas y sentÃa que la frente se me hinchaba bajo el sol. Todo aquel calor pesaba sobre mà y se oponÃa a mi avance. Y cada vez que sentÃa el poderoso soplo cálido sobre el rostro, apretaba los dientes, cerraba los puños en los bolsillos del pantalón, me ponÃa tenso todo entero para vencer al sol y a la opaca embriaguez que se derramaba sobre mÃ. Las mandÃbulas se me crispaban ante cada espada de luz surgida de la arena, de la conchilla blanqueada o de un fragmento de vidrio. Caminé largo tiempo. VeÃa desde lejos la pequeña masa oscura de la roca rodeada de un halo deslumbrante por la luz y el polvo del mar. Pensaba en el fresco manantial que nacÃa detrás de la roca. TenÃa deseos de oÃr de nuevo el murmullo del agua, deseos de huir del sol, del esfuerzo y de los llantos de mujer, deseos, en fin, de alcanzar la sombra y su reposo. Pero cuando estuve más cerca vi que el individuo de Raimundo habÃa vuelto.
Estaba solo. Reposaba sobre la espalda, con las manos bajo la nuca, la frente en la sombra de la roca, todo el cuerpo al sol. El albornoz humeaba en el calor. Quedé un poco sorprendido. Para mà era un asunto concluido y habÃa llegado allà sin pensarlo.