El extranjero
El extranjero Reflexionó. Me preguntó si podía decir que aquel día había dominado mis sentimientos naturales. Le dije: «No, porque es falso.» Me miró en forma extraña como si le inspirase un poco de repugnancia. Me dijo casi malignamente que en cualquier caso el director y el personal del asilo serían oídos como testigos y que «podía resultarme una muy mala jugada». Le hice notar que esa historia no tenía relación con mi asunto, pero se limitó a responderme que era evidente que nunca había estado en relaciones con la justicia.
Se fue con aire enfadado. Hubiese querido retenerle; explicarle que deseaba su simpatía, no para ser defendido mejor, sino, si puedo decirlo, naturalmente. Me daba cuenta sobre todo de que lo ponía en una situación incómoda. No me comprendía y estaba un poco resentido conmigo. Sentía deseos de asegurarle que yo era como todo el mundo, absolutamente como todo el mundo. Pero todo esto en el fondo no tenía gran utilidad y renuncié por pereza.