El extranjero
El extranjero Poco después me condujeron nuevamente ante el juez de instrucción. Eran las dos de la tarde, y esta vez el escritorio estaba lleno de luz apenas tamizada por una cortina de gasa. Hacía mucho calor. Me hizo sentar y con suma cortesía me declaró que por «un contratiempo» mi abogado no había podido venir. Pero tenía derecho de no contestar a sus preguntas y de esperar a que el abogado pudiese asistirme. Dije que podía contestárselas. Apretó con el dedo un botón sobre la mesa. Un joven escribiente vino a colocarse casi a mis espaldas.