El extranjero

El extranjero

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Nos acomodamos ambos en los sillones. Comenzó el interrogatorio. Me dijo en primer término que se me describía como un carácter taciturno y reservado y quiso saber cuál era mi opinión. Respondí: «Nunca tengo gran cosa que decir. Por eso me callo.» Sonrió como la primera vez; estuvo de acuerdo en que era la mejor de las razones, y agregó: «Por otra parte, esto no tiene importancia alguna.» Se calló, me miró y se irguió bruscamente, diciéndome con rapidez: «Quien me interesa es usted.» No comprendí bien qué quería decir con eso y no contesté nada. «Hay cosas», agregó, «que no entiendo en su acto. Estoy seguro de que usted me ayudará a comprenderlas.» Dije que todo era muy simple. Me apremió para que describiese el día. Le relaté lo que ya le había contado, resumido para él: Raimundo, la playa, el baño, la reyerta, otra vez la playa, el pequeño manantial, el sol y los cinco disparos de revólver. A cada frase decía: «Bien, bien.» Cuando llegué al cuerpo tendido, aprobó diciendo: «Bueno.» Me sentía cansado de tener que repetir la misma historia y me parecía que nunca había hablado tanto.






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