El extranjero

El extranjero

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Iba a decirle que hacía mal en obstinarse: el último punto no tenía tanta importancia. Pero me interrumpió y me exhortó por última vez, irguiéndose entero, y preguntándome si creía en Dios. Contesté que no. Se sentó indignado. Me dijo que era imposible, que todos los hombres creían en Dios, aun aquellos que le volvían la espalda. Tal era su convicción, y si alguna vez llegara a dudar, la vida no tendría sentido. «¿Quiere usted», exclamó, «que mi vida carezca de sentido?» Según mi opinión aquello no me concernía y se lo dije. Entonces me puso el Cristo bajo los ojos por sobre la mesa y gritó en forma irrazonable: «Yo soy cristiano. Pido a Éste el perdón de tus pecados. ¿Cómo puedes no creer que ha sufrido por ti?» Me di perfecta cuenta de que me tuteaba, pero…, también, estaba harto. Cada vez hacía más y más calor. Como siempre que siento deseos de librarme de alguien a quien apenas escucho, puse cara de aprobación. Con gran sorpresa mía, exclamó triunfante: «Ves, ves», decía. «¿No es cierto que crees y que vas a confiarte en Él?» Evidentemente, dije «no» una vez más. Se dejó caer en el sillón.






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