El extranjero
El extranjero Me sentía un poco enfermo y hubiese querido irme. El ruido me hacía daño. Pero, por otro lado, quería aprovechar aun más la presencia de María. No sé cuánto tiempo pasó. María me habló de su trabajo y no cesaba de sonreír. Se cruzaban los murmullos, los gritos y las conversaciones. El único islote de silencio estaba a mi lado, en el muchacho y la anciana que se miraban. Poco a poco los árabes fueron llevados. No bien salió el primero, casi todo el mundo calló. La viejecita se aproximó a los barrotes y, al mismo tiempo, un guardián hizo una señal al hijo. Dijo: «Hasta pronto, mamá», y ella pasó la mano entre dos barrotes para hacerle un saludo lento y prolongado.
La viejecita se fue mientras un hombre entraba y ocupaba el lugar, con el sombrero en la mano. Se introdujo a otro preso y hablaron con animación, pero a media voz porque la habitación había vuelto a quedar silenciosa. Vinieron a buscar al vecino de la derecha y su mujer le dijo sin bajar el tono, como si no hubiese notado que ya no era necesario gritar: «¡Cuídate y fíjate en lo que haces!» Luego me llegó el turno. María hizo ademán de besarme. Me volví antes de salir. Permanecía inmóvil, con el rostro apretado contra la reja, con la misma sonrisa abierta y crispada.