El extranjero
El extranjero Poco después me escribió. Y a partir de ese momento comenzaron las cosas de las que nunca me ha gustado hablar. De todos modos, no se debe exagerar nada y para mà resultó más fácil que para otros. Al principio de la detención lo más duro fue que tenÃa pensamientos de hombre libre por ejemplo, sentÃa deseos de estar en una playa y de bajar hacia el mar. Al imaginar el ruido de las primeras olas bajo las plantas de los pies, la entrada del cuerpo en el agua y el alivio que encontraba, sentÃa de golpe cuánto se habÃan estrechado los muros de la prisión. Pero esto duró algunos meses. Después no tuve sino pensamientos de presidiario. Esperaba el paseo cotidiano que daba por el patio o la visita del abogado. DisponÃa muy bien el resto del tiempo. Pensé a menudo entonces que si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco sin otra ocupación que la de mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habrÃa acostumbrado poco a poco. Hubiese esperado el paso de los pájaros y el encuentro de las nubes como esperaba aquà las curiosas corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, esperaba pacientemente el sábado para estrechar el cuerpo de MarÃa. Después de todo, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco. HabÃa otros más desgraciados que yo. Por otra parte, mamá tenÃa la idea, y la repetÃa a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo.