El extranjero

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En cuanto a lo demás, en general no iba tan lejos. Los primeros meses fueron duros. Pero precisamente el esfuerzo que debía hacer ayudaba a pasarlos. Por ejemplo, estaba atormentado por el deseo de una mujer. Era natural: yo era joven. No pensaba nunca en María particularmente. Pero pensaba de tal manera en una mujer, en las mujeres, en todas las que había conocido, en todas las circunstancias en las que las había amado, que la celda se llenaba con todos sus rostros y se poblaba con mis deseos. En cierto sentido esto me desequilibraba. Pero en otro, mataba el tiempo. Había concluido por ganar la simpatía del guardián jefe que acompañaba al mozo de la cocina a la hora de las comidas. El fue quien primero me habló de mujeres. Me dijo que era la primera cosa de la que se quejaban los otros. Le dije que yo era como ellos y que encontraba injusto este tratamiento. «Pero», dijo, «precisamente para eso los ponen a ustedes en la cárcel.» —«¿Cómo, para eso?» —«Pues sí. La libertad es eso. Se les priva de la libertad.» Nunca había pensado en ello. Asentí: «Es verdad», le dije, «si no, ¿dónde estaría el castigo?» —«Sí, usted comprende las cosas. Los demás no. Pero concluyen por satisfacerse por sí mismos.» El guardián se marchó en seguida.




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