El hombre rebelde

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Pero, de momento, esta reflexión no nos proporciona más que una noción, la del absurdo. Ésta, a su vez, tan sólo nos aporta una contradicción en lo concerniente al crimen. El sentimiento del absurdo, cuando se pretende ante todo obtener de él una regla de acción, hace al crimen cuando menos indiferente y, por consiguiente, posible. Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si no podemos afirmar ningún valor, todo es posible y nada tiene importancia. Sin pros ni contras, el asesino no tiene culpa ni razón. Se pueden atizar los hornos crematorios del mismo modo que cabe dedicarse a cuidar leprosos. Maldad y virtud son azar o capricho.

Se decidirá entonces no actuar, lo cual equivale al menos a aceptar el asesinato ajeno, a reserva de deplorar armoniosamente la imperfección de los hombres. Se imaginará igualmente sustituir la acción por el diletantismo trágico y, en este caso, la vida humana no es sino una apuesta. Cabe por último proponerse emprender una acción que no sea gratuita. En este último caso, careciendo de un valor superior que oriente la acción, habrá que dirigirse en el sentido de la eficacia inmediata. No siendo nada verdadero ni falso, bueno o malo, la regla consistirá en mostrarse el más eficaz, o sea, el más fuerte. El mundo ya no se dividirá entonces en justos e injustos, sino en amos y esclavos. Así, hágase lo que se haga, en el corazón de la negación y del nihilismo, el crimen tiene su lugar privilegiado.


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