El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Pero Nietzsche coloniza en provecho del nihilismo los valores que, tradicionalmente, fueron considerados como frenos del nihilismo. Principalmente, la moral. La conducta moral, tal como la ilustró Sócrates, o tal como la recomendó el cristianismo, es en sí misma una señal de decadencia. Quiere sustituir al hombre de carne por un hombre reflejo. Condena el universo de las pasiones y los gritos en nombre de un mundo armónico, enteramente imaginario. Si el nihilismo es la impotencia de creer, su síntoma más grave no se encuentra en el ateísmo, sino en la impotencia de creer, lo cual es, viendo lo que se hace, la impotencia de vivir lo que se ofrece. Esta dolencia está en la base de todo idealismo. La moral no tiene fe en el mundo. La verdadera moral, para Nietzsche, no se separa de la lucidez. Nietzsche es severo con los «calumniadores del mundo», porque descubre en esta calumnia el afán vergonzoso de la evasión. La moral tradicional no es para él más que un caso especial de inmoralidad. «Es el bien —dice— el que tiene necesidad de justificación». Y también: «Es por razones morales por lo que, un día, se dejará de hacer el bien».





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