El hombre rebelde
El hombre rebelde El primer paso de Nietzsche estriba así en consentir en lo que sabe. El ateísmo, para él, es incuestionable, es «constructivo y radical». La vocación superior de Nietzsche, según él, consiste en provocar una especie de crisis y de fallo decisivo en el problema del ateísmo. El mundo anda a la aventura, no tiene finalidad. Dios es, pues, inútil, ya que no quiere nada. Si quisiera algo, y se reconoce aquí la formulación tradicional del problema del mal, tendría que asumir «una cantidad de dolor y de ilogismo que reduciría el valor total del devenir». Es sabido que Nietzsche le envidiaba a Stendhal su fórmula: «La única excusa de Dios es que no existe». Privado de la voluntad divina, el mundo está igualmente privado de unidad y finalidad. Es por ello por lo que el mundo no puede juzgarse. Todo juicio de valor referido a él acaba desembocando en la calumnia de la vida. Se juzga entonces lo que es por referencia a lo que debiera ser, reinado del cielo, ideas eternas, o imperativo moral. Pero lo que debía ser no es: este mundo no puede juzgarse en nombre de nada. «Las ventajas de este tiempo: nada es verdad, todo está permitido». Estas fórmulas que repercuten en miles de otras, suntuosas o irónicas, bastan en todo caso para demostrar que Nietzsche acepta el peso entero del nihilismo y de la rebeldía. En sus consideraciones, por lo demás pueriles, sobre «el amaestramiento y la selección», formuló incluso la lógica extrema del razonamiento nihilista: «Problema: ¿por qué medios se obtendría una forma rigurosa de gran nihilismo contagioso que enseñase y practicase con una conciencia totalmente científica la muerte voluntaria?».