El hombre rebelde

El hombre rebelde

Hay libertad para el hombre sin dios, tal como lo imaginaba Nietzsche, o sea solitario. Hay libertad a mediodía cuando la rueda del mundo se para y el hombre dice que sí a lo que es. Pero lo que es evoluciona. Hay que decir que sí al devenir. La luz acaba por pasar, el eje del día se inclina. La historia recomienza entonces y, en la historia, hay que buscar la libertad; a la historia hay que decirle que sí. El nietzscheísmo, teoría de la voluntad de poder individual, estaba condenado a inscribirse en una voluntad de poder total. Sin el imperio del mundo no era nada. Nietzsche odiaba sin duda a los librepensadores y a los humanitarios. Tomaba las palabras «libertad del espíritu» en su sentido más extremo: la divinidad del espíritu individual. Pero no podía impedir que los librepensadores partiesen del mismo hecho histórico que él, la muerte de Dios, y que las consecuencias fuesen las mismas. Nietzsche se dio cuenta clara de que el humanitarismo no era más que un cristianismo privado de justificación superior, que conservaba las causas finales rechazando la causa primera. Pero no vio que las doctrinas de emancipación socialista debían tomar a su cargo, por una lógica inevitable del nihilismo, aquello con que había soñado él mismo: la superhumanidad.




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