El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Ciertamente, los surrealistas quisieron profesar el materialismo. «Al comienzo de la revuelta del acorazado Potemkin, nos complace reconocer aquel terrible pedazo de carne». Pero no había en ellos, como en los marxistas, una amistad, incluso intelectual, por aquel trozo de carne. La carroña representa tan sólo el mundo real que hace estallar, efectivamente, la revuelta, pero en contra de él. No explica nada, si bien lo justifica todo. La revolución, para los surrealistas, no era un fin que se realiza día a día, en la acción, sino un mito absoluto y consolador. Era «la vida verdadera, como el amor», de que hablaba Éluard, que no imaginaba entonces que su amigo Kalandra hubiera de morir de aquella vida. Querían el «comunismo del genio», no el otro. Aquellos curiosos marxistas se declaraban en insurrección contra la historia y celebraban al individuo heroico. «La historia está regida por leyes que condiciona la cobardía de los individuos». André Breton quería, al mismo tiempo, la revolución y el amor, que son incompatibles. La revolución consiste en amar a un hombre que no existe aún. Pero aquel que ama a un ser vivo, si verdaderamente lo ama, no puede aceptar morir si no es por él. En realidad, la revolución no era para André Breton más que un caso particular de la rebeldía, cuando, para los marxistas y, en general, para todo el pensamiento político, sólo es verdad lo contrario. Breton no trataba de realizar, por medio de la acción, la ciudad feliz que debía coronar la historia. Una de las tesis fundamentales del surrealismo es, en efecto, que no existe salvación. La ventaja de la revolución no estaba en dar la felicidad a los hombres, «el abominable confort terrestre». Debía, por el contrario, en el espíritu de Breton, purificar e ilustrar su trágica condición. La revolución mundial y los terribles sacrificios que supone no debían traer más que un beneficio: «Impedir que la precariedad totalmente artificial de la condición social oculte la precariedad real de la condición humana». Sencillamente, para Breton, aquel progreso era desmesurado. Daba igual decir que la revolución debía ponerse al servicio de la ascesis interior por la que todo hombre puede transfigurar lo real en maravilloso, «revancha deslumbrante de la imaginación del hombre». Lo maravilloso ocupa en Breton el lugar que ocupa lo racional en Hegel. No cabe imaginar, pues, oposición más completa con la filosofía política del marxismo. Las largas vacilaciones de aquellos que Artaud llamaba los Amieles de la revolución se explican sin dificultad. Los surrealistas eran más diferentes de Marx que reaccionarios como Joseph de Maistre, por ejemplo. Éstos utilizan la tragedia de la existencia para rechazar la revolución, o sea para mantener una situación histórica. Los marxistas la utilizan para legitimar la revolución, o para crear otra situación histórica. Unos y otros ponen la tragedia humana al servicio de sus fines pragmáticos. Breton, por su parte, utilizaba la revolución para consumar la tragedia y ponía de hecho, pese al título de su revista, la revolución al servicio de la aventura surrealista.


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