El hombre rebelde

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Pero la sociedad no está sólo compuesta de personas. Es también una institución. Demasiado bien nacidos para matar a todo el mundo, los surrealistas, por la lógica misma de su actitud, llegaron a considerar que, para liberar el deseo, era preciso derribar antes la sociedad. Optaron por servir a la revolución de su tiempo. De Walpole y de Sade, con una coherencia que constituye el tema de este ensayo, los surrealistas pasaron a Helvecio y a Marx. Pero se ve muy bien que no fue el estudio del marxismo el que los llevó a la revolución[17]. Por el contrario, el esfuerzo incesante del surrealismo consistirá en conciliar, con el marxismo, las exigencias que lo han conducido a la revolución. Cabe decir, sin paradoja, que los surrealistas llegaron al marxismo incluso a causa de lo que más detestan hoy día en él. Conociendo el fondo y la nobleza de su exigencia, y cuando se ha compartido el mismo desgarramiento, se duda en recordar a André Breton que su movimiento fijó como principio el establecimiento de una «autoridad implacable» y de una dictadura, el fanatismo político, el rechazo de la libre discusión y la necesidad de la pena de muerte. Asombra también el extraño vocabulario de esta época («sabotaje», «confidente», etc.), que es el de la revolución policial. Pero esos frenéticos querían una «revolución cualquiera», lo que fuera, para sacarlos del mundo de tenderos y de compromisos en el que estaban forzados a vivir. No pudiendo tener lo mejor, preferían aún lo peor. En esto eran nihilistas. No advertían que aquellos de entre ellos que en adelante debían permanecer fieles al marxismo eran fieles al mismo tiempo a su nihilismo primero. La verdadera destrucción del lenguaje, que el surrealismo ha deseado con tanta obstinación, no reside en la incoherencia o el automatismo. Reside en la consigna. Aragon empezó en vano con una denuncia de la «deshonrosa actitud pragmática», en ella ha acabado por encontrar la liberación total de la moral, aunque esta liberación haya coincidido con otra esclavitud. Aquel de los surrealistas que pensaba más profundamente entonces en este problema, Pierre Naville, buscando el denominador común a la acción revolucionaria y a la acción surrealista, lo localizaba, con profundidad, en el pesimismo, o sea en «el proyecto de acompañar al hombre a su pérdida y de no descuidar nada para que esta perdición sea útil». Esta mezcla de agustinismo y maquiavelismo define, en efecto, la revolución del siglo XX; no se puede dar expresión más audaz al nihilismo del tiempo. Los renegados del surrealismo han sido fieles al nihilismo en la mayor parte de sus principios. En cierto modo, querían morir. Si André Breton y algunos más rompieron finalmente con el marxismo, fue porque había en ellos algo más que el nihilismo, una segunda fidelidad a lo más puro que había en los orígenes de la rebeldía: no querían morir.


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