El hombre rebelde
El hombre rebelde La protesta contra el mal que está en el corazón mismo de la rebeldía metafísica es significativa en este aspecto. No es el sufrimiento del niño lo escandaloso en sí mismo, sino el que este sufrimiento no esté justificado. Después de todo, el dolor, el exilio, el encierro son, a veces, aceptados cuando nos convencen la medicina o el sentido común. A los ojos del rebelde, lo que falta al dolor del mundo, así como a sus instantes dichosos, es un principio de explicación. La insurrección contra el mal es, ante todo, una reivindicación de unidad. Al mundo de los condenados a muerte, a la mortal opacidad de la condición, el rebelde opone incansablemente su exigencia de vida y de transparencia definitivas. Sin saberlo, anda en busca de una moral o de una realidad sagrada. La rebeldía es una ascesis, aunque ciega. Si el rebelde blasfema entonces, es con la esperanza del nuevo dios. Se agita bajo el choque del primero y más profundo de los movimientos religiosos, pero se trata de un movimiento religioso defraudado. No es la rebeldía en sí misma la que es noble, sino lo que exige, aun cuando lo que obtenga sea aún innoble.