El hombre rebelde
El hombre rebelde La insurrección humana, en sus formas elevadas y trágicas, no es y no puede ser más que una larga protesta contra la muerte, una acusación rabiosa contra esta condición regida por la pena de muerte generalizada. En todos los casos que hemos encontrado, la protesta se dirige, cada vez, a todo cuanto, en la creación, es disonancia, opacidad, solución de continuidad. Se trata, pues, esencialmente, de una interminable reivindicación de unidad. El rechazo de la muerte, el deseo de duración y de transparencia, son los resortes de todas esas locuras, sublimes o pueriles. ¿Es únicamente el cobarde y personal rechazo de morir? No, ya que muchos de esos rebeldes han pagado lo preciso para estar a la altura de su exigencia. El rebelde no pide la vida, sino las razones de la vida. Rechaza la consecuencia que la muerte aporta. Si nada dura, nada está justificado, lo que muere está privado de sentido. Luchar contra la muerte equivale a reivindicar el sentido de la vida, a combatir por la regla y por la unidad.