El hombre rebelde
El hombre rebelde No nos han faltado los grandes aventureros del absurdo. Pero, finalmente, su grandeza se calibra en que han rehusado las complacencias para no conservar de ellas más que sus exigencias. Destruyen por el más, no por el menos. «Son mis enemigos —dice Nietzsche— esos que quieren derribar, y no crearse a sà mismos». Él derriba, pero para intentar crear. Y exalta la probidad, fustigando a los sibaritas «de hocico de cerdo». Para huir de la complacencia, el razonamiento del absurdo encuentra entonces la renuncia. Rechaza la dispersión y desemboca en una indigencia arbitraria, en una parcialidad de silencio, la extraña ascesis de la rebeldÃa. Rimbaud, que canta «el bonito crimen piando en el barro de la calle», corre a Harrar para quejarse tan sólo de vivir allà sin familia. La vida para él era «una farsa para representarla todos». Pero, en el momento de la muerte, hete aquà que le grita a su hermana: «¡Yo iré bajo tierra y tú andarás al sol!».