El hombre rebelde

El hombre rebelde

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El absurdo, considerado como regla de vida, es, pues, contradictorio. ¿Qué tiene de extraño que no nos proporcione los valores que decidirían por nosotros la legitimidad del crimen? No es posible, además, fundar una actitud en una emoción privilegiada. El sentimiento del absurdo es un sentimiento entre otros. El que haya dado su color a tantos pensamientos y acciones entre las dos guerras sólo prueba su poder y su legitimidad. Pero la intensidad de un sentimiento no implica que sea universal. El error de toda una época ha sido enunciar, o suponer enunciadas, unas reglas generales de acción a partir de una emoción desesperada, cuyo movimiento propio, en tanto que emoción, estribaba en superarse. Los grandes sufrimientos, así como las grandes dichas, pueden hallarse al inicio de un razonamiento. Son intercesores. Pero no cabría encontrarlos y mantenerlos a lo largo de todos estos razonamientos. Si era, pues, ilegítimo tener en cuenta la sensibilidad absurda, hacer el diagnóstico de un mal tal como se lo encuentra en uno mismo y en los otros, es imposible ver en esta sensibilidad, y en el nihilismo que supone, otra cosa que un punto de partida, una crítica vivida, el equivalente, en el plano de la existencia, de la duda sistemática. Después de lo cual, hay que romper los juegos fijos del espejo y entrar en el movimiento irresistible por el que el absurdo se supera a sí mismo.


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