El hombre rebelde
El hombre rebelde La libertad, «ese nombre terrible escrito en el carro de las tormentas[1]», figura al principio de todas las revoluciones. Sin ella, la justicia parece inimaginable a los rebeldes. Sin embargo, llega un tiempo en que la justicia exige la suspensión de la libertad. El terror, pequeño o grande, viene entonces a coronar la revolución. Cada rebeldía es nostalgia de inocencia y llamada hacia el ser. Pero la nostalgia toma un día las armas y asume la culpabilidad total, o sea el crimen y la violencia. Las rebeldías serviles, las revoluciones regicidas y las del siglo XX han aceptado así, conscientemente, una culpabilidad, cada vez mayor, en la medida en que se proponían instaurar una liberación cada vez más total. Esta contradicción, hecha manifiesta, impide a nuestros revolucionarios tener el aire de felicidad y de esperanza que brillaba en el rostro y en los discursos de nuestros Constituyentes. ¿Es inevitable? ¿Caracteriza o revela el valor de rebeldía? Es la pregunta que se formula a propósito de la revolución igual que se formulaba a propósito de la rebeldía metafísica. En realidad, la revolución no es más que la prolongación lógica de la rebeldía metafísica y, en el análisis del movimiento revolucionario, seguiremos el mismo esfuerzo desesperado y sanguinario para afirmar al hombre frente a lo que lo niega. El espíritu revolucionario toma así la defensa de esa parte del hombre que no quiere inclinarse. Simplemente trata de darle su reino en el tiempo. Rechazando a Dios, opta por la historia, por una lógica aparentemente inevitable.