El hombre rebelde
El hombre rebelde Teóricamente, la palabra revolución mantiene el sentido que tiene en astronomía. Es un movimiento que se cierra sobre sí mismo, que pasa de un gobierno a otro después de una traslación completa. Un cambio de régimen de la propiedad sin el cambio de gobierno correspondiente no es una revolución, sino una reforma. No hay revolución económica, ya sean sangrientos o pacíficos sus medios, que no se manifieste política al mismo tiempo. Eso es lo que distingue ya la revolución del movimiento de rebeldía. La famosa frase: «No, majestad, no es una revuelta, es una revolución», pone el acento en esta diferencia esencial. Significa exactamente «es la certeza de un nuevo gobierno». El movimiento de rebeldía, al principio, se queda corto. No es más que un testimonio sin coherencia. La revolución empieza, al contrario, a partir de la idea. Precisamente es la inserción de la idea en la experiencia histórica, cuando la rebeldía es sólo el movimiento que lleva de la experiencia individual a la idea. Mientras que la historia, incluso colectiva, de un movimiento de rebeldía es siempre la de un compromiso sin salida en los hechos, de una protesta oscura que no compromete ni sistemas ni razones, una revolución es una tentativa para modelar el acto a partir de una idea, para dar forma al mundo en un marco teórico. Por eso, la rebeldía mata a hombres mientras que la revolución destruye a la vez hombres y principios. Pero, por las mismas razones, se puede decir que no ha habido aún revolución en la historia. Sólo puede haber una, que sería la revolución definitiva. El movimiento que parece cerrar el círculo inicia ya otro nuevo en el instante mismo en que el gobierno se constituye. Los anarquistas, con Varlet a la cabeza, vieron muy bien que gobierno y revolución son incompatibles en sentido directo. «Implica contradicción —dijo Proudhon— el que el gobierno pueda ser nunca revolucionario, y ello por la razón muy simple de que es gobierno». Hecha la experiencia, añadamos a esto que el gobierno sólo puede ser revolucionario contra otros gobiernos. Los gobiernos revolucionarios se obligan la mayor parte del tiempo a ser gobiernos de guerra. Cuanto más amplia es la revolución, más considerable es la apuesta de la guerra que supone. La sociedad salida de 1789 quiere batirse por Europa. La que nació de 1917 luchó por el dominio universal. La revolución total acaba así por reivindicar, ya veremos por qué, el imperio del mundo.