El hombre rebelde

El hombre rebelde

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En espera de este fenómeno, si es que ha de ocurrir, la historia de los hombres, en cierto sentido, es la suma de sus revueltas sucesivas. Dicho de otro modo, el movimiento de traslación que halla una expresión clara en el espacio, no es más que una aproximación en el tiempo. Lo que se llamaba devotamente en el siglo XIX la emancipación progresiva del género humano aparece desde el exterior como una sucesión ininterrumpida de revueltas que se superan unas a otras y tratan de hallar su forma en la idea, pero que no han llegado aún a la revolución definitiva, que lo estabilizaría todo en el cielo y en la tierra. Antes que a una emancipación real, el examen superficial concluiría una afirmación del hombre por sí mismo, afirmación cada vez más extendida, pero siempre incompleta. Si hubiera una sola vez revolución, en efecto, no habría ya historia. Habría unidad feliz y muerte satisfecha. Por eso todos los revolucionarios apuntan finalmente a la unidad del mundo y actúan como si creyeran en el final de la historia. La originalidad de la revolución del siglo XX estriba en que, por primera vez, pretende abiertamente realizar el viejo sueño de Anacharsis Cloots, la unidad del género humano, y, al mismo tiempo, la coronación definitiva de la historia. Como el movimiento de rebeldía desembocaba en el «todo o nada», como la rebeldía metafísica quería la unidad del mundo, el movimiento revolucionario del siglo XX, llegado a las consecuencias más claras de su lógica, exige, con las armas en la mano, la totalidad histórica. La rebeldía es entonces conminada, so pena de ser fútil o caduca, a convertirse en revolucionaria. Ya no se trata para el rebelde de desafiarse a sí mismo como Stirner o de salvarse solo por la actitud. Se trata de deificar a la especie como Nietzsche y de cargar con su ideal de superhumanidad a fin de asegurar la salvación de todos, según el deseo de Iván Karamázov. Los Endemoniados salen a escena por primera vez e ilustran entonces uno de los secretos de la época: la identidad de la razón y de la voluntad de poder. Muerto Dios, hay que cambiar y organizar el mundo mediante las fuerzas del hombre. No bastando ya con la única fuerza de la imprecación, hacen falta armas y la conquista de la totalidad. La revolución, incluso y sobre todo la que pretende ser materialista, no es más que una cruzada metafísica desmesurada. ¿Pero la totalidad es la unidad? Es la pregunta a que debe contestar este ensayo. Se ve solamente que el propósito de este análisis no es hacer la descripción, cien veces repetida, del fenómeno revolucionario, ni enumerar, una vez más, las causas históricas o económicas de las grandes revoluciones. Es encontrar en algunos hechos revolucionarios la progresión lógica, las ilustraciones y los temas constantes de la rebeldía metafísica.


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