El hombre rebelde
El hombre rebelde «Todos los sillares están cortados para el edificio de la libertad —decÃa Saint-Just—; podéis levantarle un templo o una tumba con las mismas piedras». Los principios mismos de El Contrato social presidieron la elevación de la tumba que Napoleón Bonaparte vino a sellar. Rousseau, que no carecÃa de sentido común, habÃa visto muy bien que la sociedad del Contrato sólo convenÃa a dioses. Sus sucesores lo siguieron al pie de la letra y trataron de fundar la divinidad del hombre. La bandera roja, sÃmbolo de la ley marcial, por tanto del ejecutivo, en el Antiguo Régimen, pasa a ser sÃmbolo revolucionario el 10 de agosto de 1792. Traspaso significativo que Jaurès comentó asÃ: «Nosotros, el pueblo, somos el derecho […] No somos unos rebeldes. Los rebeldes están en las TullerÃas». Pero no es tan fácil convertirse en dios. Los mismos antiguos dioses no murieron al primer golpe, y las revoluciones del siglo XIX deberÃan acabar la liquidación del principio divino. ParÃs se levantó entonces para traer al rey bajo la ley del pueblo y para impedirle restaurar una autoridad de principio. Aquel cadáver que los insurrectos de 1830 arrastraron a través de las salas de las TullerÃas e instalaron en el trono para rendirle unos honores irrisorios no tuvo otro significado. El rey podÃa ser aún en aquella época un encargado de asuntos oficiales respetado, pero su delegación le venÃa entonces de la nación, su regla era la Carta. Ya no era Majestad. Al desaparecer entonces definitivamente el Antiguo Régimen en Francia, fue aún preciso, después de 1848, que se consolidase el nuevo, y la historia del siglo XIX hasta 1914 fue la de la restauración de las soberanÃas populares contra las monarquÃas de régimen antiguo, la historia del principio de las nacionalidades. Este principio triunfó en 1919, que vio la desaparición de todos los absolutismos de régimen antiguo en Europa[17]. En todas partes, la soberanÃa de la nación sustituyó, de derecho y de razón, al soberano rey. Sólo entonces pudieron aparecer las consecuencias de los principios del 89. Los que vivimos hoy dÃa somos los primeros en poder juzgarlo claramente.