El hombre rebelde

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Desde hacía mucho tiempo había presentido en efecto que su exigencia suponía de su parte un don total y sin reservas, diciendo él mismo que los que hacen las revoluciones en el mundo, «los que hacen el bien», no pueden dormir más que en la tumba. Seguro de que sus principios, para triunfar, debían culminar en la virtud y la felicidad de su pueblo, viendo quizá que pedía lo imposible, se había cerrado, de antemano, el retiro declarando públicamente que se apuñalaría el día en que desesperara de ese pueblo. He aquí que desespera, sin embargo, puesto que duda del terror mismo. «La revolución está helada, todos los principios se han debilitado; no quedan más que gorros rojos llevados por la intriga. El ejercicio del terror ha hastiado el crimen como los licores fuertes hartan el paladar». La virtud misma «se une al crimen en los tiempos de anarquía». Había dicho que todos los crímenes venían de la tiranía que era el primero de todos y, ante la obstinación infatigable del crimen, la Revolución misma corría a la tiranía y se volvía criminal. No se puede, pues, reducir al crimen, ni las facciones, ni el horrible espíritu de goce; hay que desesperar de este pueblo y subyugarlo. Pero tampoco se puede gobernar inocentemente. Hay que sufrir, pues, el mal o servirlo, admitir que los principios se equivocan o reconocer que el pueblo y los hombres son culpables. Entonces la misteriosa y bella figura de Saint-Just se aparta: «Sería dejar poca cosa una vida en la que habría de ser el cómplice o el testigo mudo del mal». Bruto, que debía matarse si no mataba a los otros, empieza matando a los otros. Pero los otros son muchos, no se puede matar a todos. Entonces, hay que morir, y demostrar una vez más que la rebeldía, cuando está descompuesta, oscila de la aniquilación de los otros a la destrucción de sí mismo. Esta tarea, al menos, es fácil; basta una vez más con seguir la lógica hasta el final. En el discurso en defensa de Robespierre, poco antes de su muerte, Saint-Just reafirma el gran principio de su acción que es el mismo que va a condenarlo: «Yo no soy de ninguna facción, las combatiría todas». Reconocía entonces, y de antemano, la decisión de la voluntad general, o sea de la Asamblea. Aceptaba ir a la muerte, puesto que la opinión de la Asamblea no podía ser impulsada, precisamente, más que por la elocuencia y el fanatismo de una facción. ¡Qué remedio! Cuando fallan los principios, los hombres sólo tienen un modo de salvarlos, y de salvar su fe, consistente en morir por ellos. En el calor agobiante del París de julio, Saint-Just, rechazando ostensiblemente la realidad y el mundo, confiesa que entrega su vida a la decisión de los principios. Dicho lo cual, parece distinguir fugitivamente otra verdad, terminando con una denuncia moderada de Billaud-Varenne y de Collot d’Herbois. «Deseo que se justifiquen y que nos volvamos más sensatos». El estilo y la guillotina quedan suspendidos un instante. Pero la virtud, sobrada de orgullo, no es la sensatez. La guillotina se deslizará sobre aquella cabeza hermosa y fría como la moral. A partir del momento en que la Asamblea lo condenó, hasta el momento en que tendió su nuca a la cuchilla, Saint-Just calló. Aquel largo silencio fue más importante que la muerte misma. Se había quejado de que el silencio reinaba alrededor de los tronos y por eso había querido hablar tanto y tan bien. Pero, al final, despreciando la tiranía y el enigma de un pueblo que no se conformaba con la Razón pura, volvió él mismo al silencio. Sus principios no podían adecuarse a lo que era, las cosas no eran lo que deberían ser; los principios se quedaron solos, mudos y fijos. Abandonarse a ellos era morir, en verdad, y era morir por un amor imposible que era lo contrario del amor. Saint-Just murió y, con él, la esperanza de una nueva religión.


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