El hombre rebelde

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No mezclemos, aunque sea un segundo, a la persona grandiosa de un Saint-Just con el triste Marat, remedo de Rousseau, como dice acertadamente Michelet. Pero el drama de Saint-Just es haber, por razones superiores y por una exigencia más profunda, hecho coro, por momentos, con Marat. Las facciones se añaden a las facciones, las minorías a las minorías, no es seguro en fin que el patíbulo funcione al servicio de la voluntad de todos. Saint-Just afirmará al menos, y hasta el final, que funciona por la voluntad general, ya que funciona para la virtud. «Una revolución como la nuestra no es un proceso, sino un estallido de trueno sobre los malos». El bien fulmina, la inocencia se hace relámpago y relámpago justiciero. Hasta los vividores, sobre todo ellos, son contrarrevolucionarios. Saint-Just, que dijo que la idea de felicidad era nueva en Europa (a decir verdad, era nueva sobre todo para Saint-Just, que detenía la historia en Bruto), descubre que algunos tienen una «idea horrible de la felicidad y la confunden con el placer». Contra ellos también hay que actuar. Al final, no se trata ya de mayoría ni de minoría. El paraíso perdido y siempre ansiado de la inocencia universal se aleja; en la tierra desdichada, llena de los gritos de la guerra civil y nacional, Saint-Just decreta, contra sí mismo y sus principios, que todo el mundo es culpable cuando la patria está amenazada. La serie de informes sobre las facciones del extranjero, la ley del 22 de pradial, el discurso del 15 de abril de 1794 sobre la necesidad de la policía, marcan las etapas de esta conversión. El hombre que, con tanta grandeza, consideraba infamia renunciar a las armas mientras existiera en alguna parte un amo y un esclavo, es el mismo que debía aceptar la suspensión de la Constitución de 1793 y ejercer lo arbitrario. En el discurso que pronunció para defender a Robespierre niega la fama y la supervivencia y sólo se refiere a una providencia abstracta. Reconocía, al mismo tiempo, que la virtud, de la que hacía una religión, no tenía más recompensa que la historia y el presente, y que debía, a toda costa, fundar su propio reinado. No amaba el poder «cruel y malvado» y que, decía, «sin la regla, marchaba a la opresión». Pero la regla era la virtud y venía del pueblo. Si desfallecía el pueblo, se oscurecía la regla, crecía la opresión. El pueblo entonces era culpable, no el poder, cuyo principio debía ser inocente. Una contradicción tan extrema y tan sangrienta no podía resolverse sino por una lógica aún más extrema y la aceptación última de los principios, en el silencio y en la muerte. Saint-Just, al menos, permaneció al nivel de esta exigencia. Allí, al fin, debía hallar su grandeza, y esa vida independiente en los siglos y en los cielos de que había hablado con tanta emoción.


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