El hombre rebelde
El hombre rebelde Un endurecimiento tal en la lógica supone, sin embargo, una pasión profunda. Aquí como allá encontramos la pasión por la unidad. Toda rebeldía supone una unidad. La de 1789 exigió la unidad de la patria. Saint-Just soñó con la ciudad ideal en la que las costumbres, por fin conformes con las leyes, harían estallar la inocencia del hombre y la identidad de su naturaleza con la razón. Y si las facciones vinieran a entorpecer este sueño, la pasión exageraría su lógica. No se imaginaría entonces que, ya que las facciones existían, los principios carecían de razón. Las facciones serán criminales porque los principios permanecen intangibles. «Ya es tiempo de que todo el mundo retorne a la moral y la aristocracia al Terror». Pero las facciones aristocráticas no son las únicas; se debe contar con las republicanas y, en general, con todos aquellos que critican la acción de la Legislativa y de la Convención. También éstos son culpables, ya que amenazan la unidad. Saint-Just proclama entonces el gran principio de las tiranías del siglo XX. «Un patriota es el que sostiene la república en masa; cualquiera que la combate en detalle es un traidor». Quien critica es un traidor, quien no sostiene ostensiblemente la república es un sospechoso. Cuando la razón, y la libre expresión de los individuos, no logran fundar sistemáticamente la unidad, hay que decidirse a suprimir los cuerpos extraños. La cuchilla se hace así razonable, su función consiste en refutar. «¡Un bribón a quien el tribunal ha condenado a muerte dice que quiere resistir a la opresión porque quiere resistir al patíbulo!». Esta indignación de Saint-Just resulta poco comprensible, ya que, antes de él, el patíbulo no era precisamente más que uno de los símbolos más evidentes de la opresión. Pero en el interior de ese delirio lógico, al final de esa moral de virtud, el patíbulo es libertad. Asegura la unidad racional, la armonía de la ciudad. Depura, la palabra es justa, la república, elimina las imperfecciones que vienen a contradecir la voluntad general y la razón universal. «Me discuten el título de filántropo —exclama Marat— en un estilo del todo diferente. ¡Ah, qué injusticia! ¿Quién no ve que quiero cortar unas pocas cabezas para salvar a muchas?». ¿Unas pocas, una facción? Sin duda, y toda acción histórica tiene este precio. Pero Marat, haciendo sus últimos cálculos, reclamaba doscientas setenta y tres mil cabezas. Pero comprometía el aspecto terapéutico de la operación con sus gritos a la matanza: «Marcadlos con un hierro candente, cortadles los pulgares, rajadles la lengua». El filántropo escribía así en el vocabulario más monótono que existe, día y noche, sobre la necesidad de matar para crear. Escribía además en las noches de septiembre, en el fondo de su sótano, a la luz de una vela, mientras los matarifes instalaban en el patio de nuestras cárceles los bancos de los espectadores, los hombres a la derecha, las mujeres a la izquierda, para darles un delicado ejemplo de filantropía, la decapitación de nuestros aristócratas.