El hombre rebelde
El hombre rebelde La ley puede reinar, en efecto, mientras es la ley de la Razón universal[18]. Pero no lo es nunca y su justificación se pierde si el hombre no es naturalmente bueno. Llega un día en que la ideología topa con la psicología. Ya no hay entonces poder legítimo. La ley evoluciona pues hasta confundirse con el legislador y una nueva voluntad arbitraria. ¿Hacia dónde dirigirse entonces? Desorientada la ley, perdiendo precisión, se hace cada vez más imprecisa, hasta convertirlo todo en crimen. La ley sigue reinando, pero ya no tiene hitos fijos. Saint-Just había previsto esta tiranía en nombre del pueblo silencioso. «El crimen diestro se erigiría en una especie de religión y los bribones estarían en el arca sagrada». Pero esto es inevitable. Si los grandes principios carecen de fundamento, si la ley no expresa nada más que una disposición provisional, sólo está hecha para ser burlada o para ser impuesta. Sade o la dictadura, el terrorismo individual o el terrorismo de Estado, ambos justificados por la misma ausencia de justificación, es, desde el momento en que la rebeldía se escinde de sus raíces y se priva de toda moral concreta, una de las alternativas del siglo XX.