El hombre rebelde
El hombre rebelde El movimiento de insurrección que nace en 1789 no puede, sin embargo, quedarse aquí. Dios no está muerto del todo para los jacobinos, como tampoco para los hombres del romanticismo. Todavía conservan el Ser supremo. La Razón, en cierto modo, es aún mediadora. Supone un orden preexistente. Pero Dios está al menos desencarnado y reducido a la existencia teórica de un principio moral. La burguesía no reinó durante todo el siglo XIX sino remitiéndose a aquellos principios abstractos. Simplemente, menos digna que Saint-Just, se valió de esta referencia como de una coartada, practicando, en toda ocasión, los valores contrarios. Por su corrupción esencial y su desalentadora hipocresía, ayudó a desacreditar definitivamente los principios que invocaba. Su culpabilidad, en este aspecto, es infinita. Desde el instante en que los principios eternos se pongan en duda al mismo tiempo que la virtud formal, en que todo esté desacreditado, la razón se pondrá en movimiento, sin remitirse más que a sus éxitos. Querrá reinar, negando todo lo que ha sido, afirmando todo lo que será. Se volverá conquistadora. El comunismo ruso, con su crítica violenta de toda virtud formal, acaba la obra rebelde del siglo XIX negando todo principio superior. A los regicidas del siglo XIX suceden los deicidas del siglo XX que van hasta el final de la lógica rebelde y quieren hacer de la tierra el reino en que el hombre será dios. Empieza el reinado de la historia e, identificándose con su sola historia, el hombre, infiel a su verdadera rebeldía, se consagrará en lo sucesivo a las revoluciones nihilistas del siglo XX que, negando toda moral, buscan desesperadamente la unidad del género humano a través de una agotadora acumulación de crímenes y de guerras. A la revolución jacobina que trataba de instituir la religión de la virtud, con objeto de fundar en ella la unidad, sucederán las revoluciones cínicas, ya sean de derecha o de izquierda, que intentarán conquistar la unidad del mundo para fundar por fin la religión del hombre. Todo lo que era de Dios será dado, en adelante, a César.