El hombre rebelde

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De Hegel, en todo caso, los revolucionarios del siglo XX han sacado el arsenal que ha destruido definitivamente los principios formales de la virtud. Han guardado la visión de una historia sin trascendencia, resumida en una impugnación permanente y en la lucha de las voluntades de poder. Bajo su aspecto crítico, el movimiento revolucionario de nuestro tiempo es, en primer lugar, una denuncia violenta de la hipocresía formal que preside la sociedad burguesa. La pretensión, en parte fundada, del comunismo moderno, como la más frívola del fascismo, consiste en denunciar la mistificación que pudre la democracia de tipo burgués, sus principios y sus virtudes. La trascendencia divina, hasta 1789, servía para justificar la arbitrariedad real. Después de la Revolución francesa, la trascendencia de los principios formales, razón o justicia, sirve para justificar una dominación que no es ni justa ni razonable. Esta trascendencia es, pues, una máscara que hay que arrancar. Dios ha muerto, pero, como había predicho Stirner, hay que matar la moral de los principios donde se encuentra todavía el recuerdo de Dios. El odio a la virtud formal, testigo degradado de la divinidad, falso testigo al servicio de la injusticia, sigue siendo uno de los resortes de la historia de hoy. Nada es puro, este grito convulsiona el siglo. Lo impuro, pues, la historia, se convertirá en la regla y la tierra desierta será entregada a la fuerza desnuda que decidirá o no sobre la divinidad del hombre. Entramos entonces en la mentira y en la violencia como se entra en religión, y con el mismo movimiento patético.


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