El hombre rebelde

El hombre rebelde

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En la primera etapa de su dialéctica, Hegel afirma que, siendo la muerte el punto común del hombre y el animal, será aceptándola y hasta queriéndola como el primero se distinguirá del segundo. En el corazón de esta lucha primordial por el reconocimiento, el hombre se identifica entonces con la muerte violenta. «Muere y devén», la divisa tradicional es adoptada por Hegel. Pero el «devén lo que eres» cede su lugar a un «devén lo que todavía no eres». Este deseo primitivo y desatado de reconocimiento, que se confunde con la voluntad de ser, sólo se satisfará con un reconocimiento extendido poco a poco al reconocimiento de todos. Asimismo, queriendo cada cual ser reconocido por todos, la lucha por la vida no cesará hasta el reconocimiento de todos por todos, que marcará el final de la historia. El ser que trata de obtener la conciencia hegeliana nace en la gloria, duramente conquistada, de una aprobación colectiva. No es indiferente observar que, en el pensamiento que inspirará nuestras revoluciones, el bien supremo no coincide, pues, realmente con el ser, sino con un parecer absoluto. La historia entera de los hombres no es, en cualquier caso, más que una larga lucha a muerte por la conquista del prestigio universal y del poder absoluto. Es, por sí misma, imperialista. Estamos lejos del buen salvaje del siglo XVIII y de El Contrato social. Entre el ruido y el furor de los siglos, cada conciencia, para ser, quiere en lo sucesivo la muerte del otro. Por añadidura, esta tragedia implacable es absurda, puesto que, en el caso en que una de las conciencias es destruida, la conciencia victoriosa no es, por ello, reconocida. En realidad, la filosofía tiene aquí su límite.


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