El hombre rebelde
El hombre rebelde Nada más revelador a este respecto que la evolución de Bielinski, una de las mentes más notables y más influyentes de los años treinta y cuarenta. Procedente de un liberalismo libertario bastante vago, Bielinski encontró súbitamente a Hegel. En su cuarto, a medianoche, bajo el choque de la revelación, se deshizo en lágrimas como Pascal, y se despojó de golpe del hombre antiguo: «No existe lo arbitrario ni el azar, me he despedido para siempre de los franceses». Al mismo tiempo, se volvió conservador y partidario del quietismo social. Lo escribió sin la menor vacilación, defendió su postura, como la sentÃa, valerosamente. Pero aquel corazón generoso se vio entonces al lado de lo que más habÃa detestado en este mundo, la injusticia. Si todo es lógico, todo está justificado. Hay que decir que sà al azote, a la servidumbre y a Siberia. Aceptar el mundo y sus sufrimientos le habÃa parecido, por un momento, el partido de la grandeza, porque imaginaba únicamente soportar sus propios sufrimientos y sus contradicciones. Pero si también se trataba de decir que sà a los sufrimientos ajenos, de pronto le fallaba el valor. Arrancó en sentido inverso. Si no se puede aceptar el sufrimiento ajeno, algo no está justificado en el mundo, y la historia, en uno de sus puntos al menos, no coincide ya con la razón. Pero tiene que ser enteramente razonable o no lo es en absoluto. La protesta solitaria del hombre, apaciguada un momento por la idea de que todo puede justificarse, estallará de nuevo en términos vehementes. Bielinski se dirige al propio Hegel: «Con toda la estima que conviene a su filosofÃa filistina, tengo el honor de comunicarle que si tuviera la suerte de trepar hasta el último grado de la escala de la evolución, le pedirÃa a usted cuentas por todas las vÃctimas de la vida y de la historia. No quiero dicha, ni siquiera gratuita, si no estoy tranquilo por todos mis hermanos de sangre[32]».