El hombre rebelde

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En aquel momento, dentro del seno de la revolución, todo estaba realmente permitido, el crimen podía erigirse en principio. Sin embargo, se creyó, con el rebrote del populismo en 1870, que este movimiento revolucionario salido de las tendencias religiosas y éticas que se encontraron en los decembristas, y en el socialismo de Lavrov y de Herzen, iba a frenar la evolución hacia el cinismo político que Necháiev ilustró. El movimiento apelaba a las «almas vivas», les pedía que fueran al pueblo y lo educaran a fin de que fuese por sí mismo hacia la liberación. Los «nobles arrepentidos» abandonaban a su familia, vestían pobres atuendos e iban a los pueblos a predicar a los campesinos. Pero los campesinos no se fiaban y callaban. Cuando no callaban, denunciaban al apóstol a los gendarmes. Este fracaso de las almas nobles empujaría el movimiento hacia el cinismo de un Necháiev o, al menos, hacia la violencia. En la medida en que la intelligentsia no pudo atraer hacia ella al pueblo, se sintió de nuevo sola ante la autocracia: de nuevo, se le apareció el mundo bajo las especies del amo y el esclavo. El grupo de La Voluntad del Pueblo erigirá, pues, el terrorismo individual en principio e inaugurará la serie de crímenes que se prolongaría hasta 1905, con el partido socialista revolucionario. Los terroristas nacieron en este punto, apartados del amor, levantados contra la culpabilidad de los amos, pero solitarios con su desesperación, frente a sus contradicciones que no podrían solucionar más que con el doble sacrificio de su inocencia y de su vida.


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