El hombre rebelde
El hombre rebelde Aunque esos bellos pensamientos han cobrado todo su sentido hoy día, Necháiev no pudo ver el triunfo de sus principios. Al menos, trató de aplicarlos cuando el asesinato del estudiante Ivanov, que impresionó lo bastante las imaginaciones de la época como para que Dostoyevski lo convirtiera en uno de los temas de Los endemoniados. Ivanov, cuya única falta parece ser el haber dudado del comité central, del que Necháiev se decía delegado, se oponía a la revolución, ya que se oponía a aquel que se había identificado a ella. Por lo tanto, debía morir. «¿Qué derecho tenemos a quitarle la vida a un hombre?», preguntaba Uspenski, uno de los compañeros de Necháiev. «No se trata de derecho, sino de nuestro deber de eliminar todo lo que perjudica a la causa». Cuando la revolución es el único valor, ya no hay derechos, en efecto, sólo hay deberes. Pero por un trastueque inmediato, en nombre de tales deberes, se toman todos los derechos. En nombre de la causa, Necháiev, que no atentó contra la vida de ningún tirano, mató, pues, a Ivanov en una emboscada. Después, abandonó Rusia y fue a reunirse con Bakunin, que se apartó de él y condenó aquella «repugnante táctica». «Poco a poco —escribió Bakunin— llegó a convencerse de que, para fundar una sociedad indestructible, era preciso tomar por base la política de Maquiavelo y adoptar el sistema de los jesuitas: para el cuerpo la violencia sola, para el alma la mentira». Lo cual está bien visto. Pero ¿en nombre de qué decidir que esa táctica es repugnante si la revolución, tal como quería Bakunin, es el único bien? Necháiev estaba realmente al servicio de la revolución, no era a sí mismo a quien servía, sino a la causa. Extraditado, no cedió nada a sus jueces. Condenado a veinticinco años de cárcel, reinó todavía en la prisión, organizó a los carceleros en una sociedad secreta, planeó el asesinato del zar, fue juzgado de nuevo. Una muerte en la mazmorra de una fortaleza cerró, tras doce años de reclusión, la vida de aquel rebelde que inauguró la raza despectiva de los grandes señores de la revolución.