El hombre rebelde
El hombre rebelde La originalidad de Necháiev consiste también en justificar la violencia hecha a los hermanos. Fija el Catecismo con Bakunin. Pero una vez que éste, en una especie de extravÃo, le confió la misión de representar en Rusia a una Unión revolucionaria europea que no existÃa sino en su imaginación, Necháiev fue en efecto a Rusia, fundó su Sociedad del Hacha y definió él mismo sus estatutos. En ellos se encuentra, necesario sin duda a toda acción militar o polÃtica, el comité central secreto al que todos han de jurar fidelidad absoluta. Pero Necháiev va más allá de militarizar la revolución a partir del momento en que admite que los jefes, para dirigir a los subordinados, tienen derecho a usar la violencia y la mentira. Mentirá, en efecto, para empezar, cuando se diga delegado por ese comité central inexistente aún y cuando, para comprometer a indecisos en la acción que medita emprender, lo describirá como disponiendo de recursos ilimitados. Hará más aún distinguiendo categorÃas entre los revolucionarios, los de la primera categorÃa (digamos los jefes) poseerán el derecho de considerar a los restantes como «un capital que puede gastarse». Quizá todos los jefes de la historia hayan pensado asÃ, pero no lo han dicho. Hasta Necháiev, en todo caso, ningún jefe revolucionario se habÃa atrevido a convertirlo en principio de su conducta. Anteriormente, ninguna revolución habÃa encabezado sus tablas de la ley con la declaración de que el hombre podÃa ser un instrumento. El reclutamiento apelaba tradicionalmente al valor y al espÃritu de sacrificio. Necháiev decidió que se podÃa chantajear o aterrorizar a los vacilantes y que se podÃa engañar a los confiados. Hasta los revolucionarios imaginarios podÃan servir aún, si se les impulsaba sistemáticamente a realizar los actos más peligrosos. En cuanto a los oprimidos, ya que se trataba de salvarlos de una vez por todas, podÃa oprimÃrselos más todavÃa. Lo que perdieran, lo ganarÃan los oprimidos futuros. Necháiev establecÃa como principio que habÃa que impulsar a los gobiernos a tomar medidas represivas, que nunca habÃa que tocar a aquellos representantes oficiales más odiados por las poblaciones y que, por último, la sociedad secreta habÃa de emplear toda su actividad en aumentar los padecimientos y la miseria de las masas.