El hombre rebelde

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Sin embargo, pasaron rápidamente por la historia. Cuando Kaliayev, por ejemplo, decidió en 1903 tomar parte con Savinkov en la acción terrorista, tenía veintiséis años. Dos años más tarde, el «Poeta», como lo llamaban, fue ahorcado. Fue una carrera corta. Pero para quien examina con un poco de pasión la historia de aquel período, Kaliayev, en su paso vertiginoso, posee el rostro más significativo del terrorismo. Sasonov, Schweitzer, Pokotilov, Voinarovski y la mayoría de los restantes surgieron así en la historia de Rusia y del mundo, erguidos un instante, destinados al estallido, testigos rápidos e inolvidables de una rebeldía cada vez más desgarrada.

Casi todos eran ateos. «Recuerdo —escribió Boris Voinarovski, que murió al arrojar la bomba al almirante Dubassov— que incluso antes de ingresar en el instituto predicaba el ateísmo a uno de mis amigos de infancia. Sólo una pregunta me ponía en un aprieto. Pero ¿de dónde había salido eso? Pues yo no tenía la menor idea de la eternidad». Kaliayev creía en Dios. Pocos minutos antes de un atentado que resultaría fallido, Savinkov lo distinguió en la calle, plantado ante un icono, sosteniendo la bomba en una mano y persignándose con la otra. Pero repudió la religión. En su celda, antes de la ejecución, rechazó sus auxilios.


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