El hombre rebelde
El hombre rebelde El año 1905, gracias a ellos, marcó la cima suprema del impulso revolucionario. En aquella fecha empezó una caducidad. Los mártires no hacen las Iglesias: son su cemento, o su coartada. Después vienen los sacerdotes y los beatos. Los revolucionarios que vengan no exigirán el intercambio de las vidas. Consentirán el riesgo de la muerte, pero aceptarán también guardarse lo más posible para la revolución y su servicio. Aceptarán, pues, para sí mismos, la culpabilidad total. El consentimiento a la humillación, tal es la verdadera característica de los revolucionarios del siglo XX, que sitúan la revolución y la Iglesia de los hombres por encima de ellos mismos. Kaliayev prueba, por el contrario, que la revolución, medio necesario, no es un fin suficiente. Con ello, eleva al hombre en vez de rebajarlo. Fueron Kaliayev y sus hermanos rusos o alemanes los que en la historia del mundo se opusieron realmente a Hegel[38], habiendo considerado el reconocimiento universal primero necesario y después insuficiente. No le bastaba con parecer. Aunque lo hubiera reconocido el mundo entero, habría subsistido una duda en Kaliayev: necesitaba su propio consentimiento, y la totalidad de las aprobaciones no hubiera bastado para acallar su duda que hace nacer ya en todo hombre verdadero cien aclamaciones entusiastas. Kaliayev dudó hasta el final y su duda no le impidió actuar; era en esto en lo que representaba la imagen más pura de la rebeldía. Quien acepta morir, pagar una vida con otra, sean las que sean sus negaciones, afirma con ello un valor que lo supera a él mismo en tanto que individuo histórico. Kaliayev se entregó a la historia hasta la muerte y, en el momento de morir, se colocó por encima de ella. En cierta manera, era verdad que se prefería a la historia. Pero ¿qué prefería, a sí mismo, a quien mataba sin vacilación, o el valor que encarnaba y hacía vivir? La respuesta no era dudosa. Kaliayev y sus hermanos vencían al nihilismo.