El hombre rebelde
El hombre rebelde Así fueron anunciadas las teocracias totalitarias del siglo XX, el terrorismo de Estado. Los nuevos señores y los grandes inquisidores reinan hoy día, utilizando la rebeldía de los oprimidos, sobre una parte de nuestra historia. Su reinado es cruel, pero se disculpan de su crueldad, como el Satán romántico, con el pretexto de que es duro de llevar. «Nosotros nos reservamos el deseo y el sufrimiento, los esclavos tendrán el chigalevismo». En aquel momento nació una nueva, y bastante repugnante, raza de mártires. Su martirio consistía en aceptar infligir el sufrimiento a los otros; se sometían a su propia dominación. Para que el hombre se hiciera Dios, era preciso que la víctima se rebajara hasta volverse verdugo. Por eso, víctima y verdugo estaban igualmente desesperados. Ni la esclavitud ni el poder coincidirían ya con la felicidad; los amos serían sombríos y los siervos huraños. Saint-Just tenía razón, es algo horrendo atormentar al pueblo. Pero ¿cómo evitar atormentar a los hombres si se ha decidido hacerlos dioses? Del mismo modo que Kirilov, que se mata para ser dios, acepta ver utilizado su suicidio por la «conspiración» de Verjiovenski, así la divinización del hombre por sí mismo rompe el límite que la rebeldía había sacado a la luz y se introduce por los caminos cenagosos de la táctica y del terror de los que la historia no ha salido aún.