El hombre rebelde
El hombre rebelde Un círculo se cerraba aquí, y la rebeldía, cortada de sus verdaderas raíces, infiel al hombre por estar sometida a la historia, tramaba ahora avasallar el universo entero. Empezó entonces la era del chigavelismo, exaltado en Los endemoniados por Verjiovenski, el nihilista que reclamaba el derecho al deshonor. Espíritu desgraciado e implacable[40], eligió la voluntad de poder, única, en efecto en poder reinar en una historia sin más significación que ella misma. Chigalev, el filántropo, sería su valedor; el amor a los hombres justificaría, en lo sucesivo, que se los esclavizara. Apasionado por la igualdad[41], Chigalev, tras largas reflexiones, desesperado, llegó a la conclusión de que sólo era posible un sistema, aunque era, en efecto, desesperante. «Salido de la libertad ilimitada, llego al despotismo ilimitado». La libertad total que es negación de todo no puede vivir y justificarse más que por la creación de nuevos valores identificados con la humanidad entera. Si esta creación tarda, la humanidad se desgarra entre sí hasta la muerte. El camino más corto hacia esas nuevas tablas pasa por la total dictadura. «Una décima parte de la humanidad poseerá los derechos de la humanidad y ejercerá una autoridad ilimitada sobre las otras nueve décimas partes. Éstas perderán su personalidad y serán como un rebaño; sometidas a la obediencia pasiva, volverán a la inocencia primera y, por así decir, al paraíso primitivo donde, por lo demás, tendrán que trabajar». Era el gobierno de los filósofos con que soñaban los utopistas; simplemente, aquellos filósofos no creían en nada. Llegó el reino, pero negaba la verdadera rebeldía, se trataba únicamente del reinado de los «Cristos violentos», para repetir la expresión de un literato entusiasta que celebraba la vida y la muerte de Ravachol. «El papa arriba —dijo con amargura Verjiovenski—, nosotros en torno a él, y debajo de nosotros el chigalevismo».