El hombre rebelde

El hombre rebelde

Los crímenes hitlerianos, y entre ellos la matanza de los judíos, no tienen equivalente en la historia porque la historia no refiere ningún ejemplo de que una doctrina de destrucción tan total haya podido apoderarse nunca de las palancas de mando de una nación civilizada. Pero sobre todo, por primera vez en la historia ha habido gobernantes que han aplicado sus inmensas fuerzas en instaurar una mística fuera de toda moral. Esta primera tentativa de una Iglesia edificada sobre una nada se pagó con la aniquilación misma. La destrucción de Lídice muestra a las claras que la apariencia sistemática y científica del movimiento hitleriano encubre en realidad un empuje irracional que no puede ser más que el de la desesperación y el orgullo. Frente a una aldea presuntamente rebelde, sólo se imaginaban hasta entonces dos actitudes por parte del conquistador. O bien la represión calculada y la ejecución fría de rehenes, o bien la embestida salvaje, y forzosamente breve, de soldados exasperados. Lídice fue destruida por los dos sistemas conjugados. Ilustra los estragos de esa razón irracional que es el único valor que puede encontrarse en la historia. No sólo se incendiaron las casas, se fusilaron los ciento setenta y cuatro hombres del lugar, se deportaron a doscientas tres mujeres y se trasladaron a los ciento tres niños para ser educados en la religión del Führer, sino que equipos especiales suministraron meses de trabajo para allanar el terreno con dinamita, hacer desaparecer las piedras, cegar el estanque del pueblo, desviar, por último, la carretera y el río. Lídice, después de todo esto, ya no era realmente nada, un puro futuro según la lógica del movimiento. Para mayor seguridad, se vació el cementerio de sus muertos, que recordaban todavía que algo había existido en aquel lugar[44].


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