El hombre rebelde
El hombre rebelde La orden, por desgracia, exige rara vez hacer el bien. El puro dinamismo doctrinal no puede dirigirse hacia el bien, sino únicamente hacia la eficacia. Mientras haya enemigos, habrá terror; y habrá enemigos mientras el dinamismo exista, para que exista: «Todas las influencias susceptibles de debilitar la soberanía del pueblo, ejercida por el Führer con la ayuda del partido […] deben ser eliminadas». Los enemigos son herejes, deben ser convertidos por la predicación o propaganda; exterminados por la Inquisición o Gestapo. El resultado es que el hombre, si es del partido, no es más que una herramienta al servicio del Führer, un engranaje del aparato, o, si es enemigo del Führer, un producto de consumo del aparato. El impulso irracional, nacido de la rebeldía, no se propone ya más que reducir lo que hace que el hombre no es un engranaje, o sea la rebeldía misma. El individualismo romántico de la revolución alemana se sacia por fin en el mundo de las cosas. El terror irracional transforma en cosas a los hombres, «bacilos planetarios» según la fórmula de Hitler. Se propone la destrucción, no sólo de la persona, sino de las posibilidades universales de la persona, la reflexión, la solidaridad, la llamada hacia el amor absoluto. La propaganda, la tortura, son medios directos de desintegración; más aún, la ruina sistemática, la amalgama con el criminal cínico, la complicidad forzada. El que mata o tortura sólo conoce una sombra en su victoria: no puede sentirse inocente. Necesita, pues, crear la culpabilidad en la víctima misma para que, en un mundo sin dirección, la culpabilidad general no legitime más que el ejercicio de la fuerza, no consagre más que el éxito. Cuando la idea de inocencia desaparece en el inocente mismo, el valor de poder reina definitivamente en un mundo desesperado. Por eso, una innoble y cruel penitencia reina en este mundo en el que sólo son inocentes las piedras. Los condenados están obligados a colgarse unos a otros. Se mata hasta el grito puro de la maternidad, como en el caso de aquella madre griega a la que un oficial obligó a elegir cuál de sus tres hijos sería fusilado. Así es como se es al fin libre. El poder de matar y envilecer salva el alma servil de la nada. La libertad alemana se canta entonces, al son de orquesta de presidiarios, en los campos de la muerte.